2/21/2007

DIOS, ESPiRITU Y MATERIA

Para entender mejor la expresión Dios en espíritu y materia, que usé en el capítulo anterior —y entender mejor el problema de la experiencia de Dios en el tiempo—, considero necesario tratar los principios de la cosmogonía espírita, en la cual se integra la teoría de la génesis y formación del espíritu. El contrasentido de la afirmación bíblica de que Dios creó al mundo de la nada —que tanto trabajo ha dado a los teólogos—, es explicado en la Revelación Espírita por la teoría de la trinidad universal. Dios, el Ser Absoluto, es la fuente de toda la Creación. Existiendo esa fuente única, es lógicamente necesario admitir un medio en que ella exista. Ese medio, que sería el espacio vacío, fue considerado la nada. Para considerar lo absoluto en un plano relativo, como el nuestro, es preciso usar expresiones relativas.

La concepción espírita del Cosmos no admite la existencia de la nada. El Universo es pleno, es una plenitud, no habiendo en él ninguna posibilidad de vacío. Esta teoría espírita de la plenitud está siendo confirmada hoy por la investigación científica del Cosmos. Las regiones siderales que podríamos considerar vacías se nos muestran como campos de fuerzas, cargados de energías que no perciben nuestros sentidos. Ese pre-universo energético sería lo que Buda definió como el mundo siempre existente, que nunca fue creado. Pitágoras, en su filosofía matemática, consideró a Dios como el número uno, que desencadenó la década. El UNO, número primero, existía inmóvil y solitario en lo Inefable —en aquello que para nosotros sería la nada—, y en tal caso la nada sería la inmovilidad absoluta. Hubo en cierto momento cósmico, no se puede saber cómo ni por qué, un estremecimiento del número 1, que de tal manera produjo el 2 y, seguidamente, los demás números hasta el 10. Completándose la década, tuvimos el Todo, la Creación se realizó por sí misma, el Universo había surgido, y con él el tiempo. Es indudable que no disponemos de recursos para investigar los primeros orígenes, y todas las teorías no pasan de tentativas de explicaciones lógicas, destinadas a proporcionarnos una base alegórica e hipotética para una posible concepción del misterio de la Creación.

El Espiritismo sustenta la posibilidad de conocer la verdad al respecto, cuando hayamos desarrollado las potencialidades espirituales que nos elevarán por encima de la condición humana, Mientras ellas no sean alcanzadas, esas hipótesis deben servir para mostrarnos que disponemos de capacidad para ir más allá de los límites del pensamiento dialéctico, más allá del pensamiento inductivo basado en el juego de los contrastes.

Por tanto, no podemos aceptar la alegoría bíblica de la Creación al pie de la letra, como verdad revelada, ni refutarla orgullosamente con la arrogancia del materialismo. En la actitud del creyente tenemos la ingenuidad, y en la posición del materialista nos hallamos con la arrogancia del hombre, ese pedacito de fermento pensante, como decía el lobo de mar que fue Jack London. El espiritualismo simplista y el materialismo atrevido constituyen los dos polos de la estupidez humana. El buen sentido, que es la regla de oro del Espiritismo, nos libera de los estúpidos y nos ofrece la posibilidad de lograr la sabiduría sin mucho barullo ni disputas inútiles.

Partiendo del presupuesto de que el mundo debe tener un origen y aceptando la idea de que fue creado por Dios —pues así lo afirman todos los Espíritus superiores que se refieren al asunto y que revelan una sabiduría superior a la nuestra—, el Espiritismo admite que la fuente inicial es una inteligencia cósmica. Mas, ¿por qué una inteligencia y no un centro de fuerzas casualmente aglutinadas en el caos primitivo? Porque e[ Universo se muestra organizado inteligentemente en todas sus dimensiones, hasta donde podemos observarlo. Sería ilógico y absurdo suponer que esa inteligencia manifestada en la estructura universal —aun en los detalles más pequeños e inaccesibles a la investigación científica, desde las partículas atómicas hasta los genes biológicos y sus códigos admirables—, sea resultado del simple acaso. Ninguna cabeza equilibrada podría admitir tal cosa. La teoría espírita —teoría y no hipótesis, pues ya probó su validez por medio de todas las investigaciones posibles— puede ser resumida en este axioma doctrinario: No hay efecto inteligente sin causa inteligente, y la grandeza del efecto corresponde a la grandeza de la causa.

Ubicando al problema de esta manera, su ecuación se hace más fácil. El Espiritismo la elabora en términos dialécticos: la fuente inicial, Dios, existiendo en un medio inefable, constituido de materia dispersa en el espacio, emite su pensamiento creador que aglutina y estructura a la materia. Tenemos, así, la trinidad universal que las religiones presentan de una manera antropomórfica. Esa trinidad no está formada por personas, sino de sustancias regidas por una Inteligencia, con la cual se integra esta tríada: Dios, espíritu y materia.

~ El espíritu que la constituye no es una entidad definida, sino el pensamiento de Dios que se expande por el Cosmos en forma de sustancia, Esa sustancia espiritual penetra el océano de materia rarefacta y dispersa, aglutinando sus partículas y estructurándolas para la formación de las cosas y de los seres. De la tesis espiritual y de la antítesis material resulta la síntesis de lo real: el mundo creado por un poder inteligente.

¿Cuál es la razón de ser, el objetivo, la finalidad y el sentido de esa Creación? El Espiritismo admite que no podemos conocer todo eso en nuestro actual estado de desarrollo, pero podemos, por medio de nuestra inteligencia humana, indagar, inquirir, investigar y llegar a resultados lógicamente posibles. Los datos científicos de la geología, por ejemplo, nos muestran a la Tierra como el resultado de un largo proceso de formación, en el cual es evidente la intención de alcanzar un tipo de perfección en todas las cosas y todos los seres. Las formas imprecisas y grotescas de las primeras edades del planeta se van perfeccionando durante el transcurso del tiempo, en una sucesión nítida de fases de elaboración singular. Los datos de la antropología nos revelan el perfeccionamiento del hombre en las sucesivas civilizaciones, partiendo de la vida selvática. Los informes que nos brinda la psicología descubren las ansias del alma humana en la búsqueda incesante de trascendencia, de superación de su condicionamiento orgánico-material. Las concepciones de la estética revelan el sentido de la belleza, perfección y equilibrio que rige el desenvolvimiento individual y colectivo del individuo y de la especie.

Extractado del Capitulo 5 del libro "La Agonía de las Religiones" de J. Herculano Pires

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